Esta es la tercera y última parte de un abrasador relato de primera mano sobre la experiencia de crecer siendo gay en Siria; un viaje del acoso escolar a la religiosidad profunda, a la «terapia» pseudocientífica, al intento de suicidio y, finalmente, a la revolución.

Ha sido traducido y publicado al castellano como parte de un acuerdo de colaboración entre Flores en Daraya y En Pie de Paz.

Al final de este texto incluimos un anexo informativo que hemos elaborado desde enpiedepaz.org sobre el contexto legal y represivo en los años a los que hace referencia este relato.

La primera entrega, aquí: Yo, el «anormal» (I): crecer siendo gay en Siria

La segunda, aquí: Yo, el «anormal»: crecer siendo gay en Siria(II)

Yo, el «anormal»

Fuente: Al-Jumhuriya,  5 de diciembre de 2018

Raeef al-Shalaby

Traductora (del árabe al inglés):
Alex Rowell

[Nota del editor: Este artículo forma parte de la serie «Género, sexualidad y poder» de Al-Jumhuriya. Fue publicado originalmente en árabe el 15 de noviembre de 2018.]

3.

Regresé a Siria unos meses después de esa noche aterradora, y sin mucho pensar ni examinar (o quizás después de toda una vida pensando y examinando) aproveché la primera oportunidad para ir a Beirut y buscar a un joven palestino que conocí allí una vez, de quien más tarde me dijeron que era abiertamente gay. Lo encontré, y “le hablé de mí mismo” en unas pocas frases muy lentas, con una articulación alargada y un tanto críptica, y sentí como si se me hubieran quitado por primera vez del pecho y de la espalda unas piedras que pesaban toneladas.

Amer -ese era su nombre- me presentó a sus amigos, quienes me presentaron a sus amigos, y comencé a ir con ellos a nuevos bares de gays y lesbianas de clase media. Al recordarlos ahora, estos bares me parecen ordinarios, decorosos y hasta sencillos, pero en aquel entonces no tenían precedentes en su liberación y distinción. Libaneses de todas las áreas y orígenes religiosos; por lo general de círculos sociales similares, pero no siempre en las noches más concurridas y ruidosas; sirios y palestinos, gays y heterosexuales, trabajando en el bar junto a sus homólogos libaneses; con una clientela adinerada o de clase media que frecuentaba el lugar con regularidad: jordanos, iraquíes, egipcios y amantes de Beirut de la región del Golfo Arábigo, así como turistas internacionales procedentes de todos los rincones del mundo. Todos hacían lo posible para estar guapos y elegantes. El ambiente era lúdico y entretenido, pero no “vulgar”, al menos para los estándares burgueses globalizados. Entre el encuentro casual con dos mujeres jóvenes en su tercera cita y el encuentro con dos hombres que habían sido amantes durante quince años, sentías por unos instantes que estabas realmente en un mundo árabe diferente, uno que no estaba regido por una moral sexual miserable, y donde la cuestión de la homosexualidad ya no era un problema, y donde lo que los adultos consentían hacerse entre ellos sin perjudicar a los demás ya no era una preocupación de nadie más. Por esos momentos te sentías capaz de ser tú mismo. Respirabas.

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No revelé mi sexualidad frente a ninguna persona heterosexual hasta años después de eso, y si se me hubiera dicho en ese momento que un día hablaría públicamente sobre ello en detalle, lo habría considerado una broma o una alucinación. Hasta hace muy poco, nunca quise nada más que estar solo. Sólo quería mi pequeño espacio desprovisto de mentiras y pretensiones en el que mis mundos gays ocultos pudieran entrelazarse con no más que un puñado de amigos heterosexuales, a través de los cuales pudiera obtener mi necesaria dosis de amistad, de amor y de sentido. A cambio, acepté vivir “según las reglas” fuera de este espacio. Mi liberación fue de tipo mínimo y estrictamente individual; no me interesé en absoluto en otras personas LGBTQ aparte de mí mismo, ni en los temas LGBTQ como una “causa”.

Contemplando esa postura mía ahora, me doy cuenta de que detrás de ella yace, en primer lugar, una enorme cantidad de pesimismo. Después de todo, para que una persona pueda luchar por una causa determinada, poniendo en peligro su vida, su reputación y la felicidad de sus seres queridos, primero debe creer, al menos ligeramente, en la utilidad de la lucha. Se ha de sentir en el fondo que el riesgo conducirá sin duda a una situación mejor, a una vida más digna y a una sociedad más libre y justa. En ese momento yo no sentía nada de esto. Por el contrario, estaba convencido de que esas rejas libanesas eran lo máximo que se podía esperar de este pedazo de tierra, y que era mejor dejar las cosas como lo habían sido durante milenios, detrás de muros sordos y bajo techos silenciosos, sin ilusiones tontas sobre la revelación de la verdad, y la igualdad, y el lenguaje de los derechos legales. Así como la Tierra gira alrededor del brillante y colosal Sol, así mi pesimismo giraba en torno a lo que yo consideraba la condensación de la autoridad, la arrogancia, la violencia, el privilegio y la intolerancia presionando mi cuello por siempre jamás: es decir, el honorable y glorioso macho heterosexual. En realidad, no le revelé mi sexualidad a ningún hombre heterosexual sirio hasta unos meses antes de escribir este ensayo. Estaba seguro de que si lo hacía, me enfrentaría a una hiena viciosa que se enorgullecería de odiarme, o a un zorro que sustituiría el odio por la burla y el escarnio.

“Sólo hay dos tipos de hombres heterosexuales”, dice Brian Kinney, protagonista del espectáculo estadounidense Queer as Folk, que representa la vida de cinco hombres gays en Pittsburgh a principios de la década de 2000. “Los que te odian a la cara, y los que te odian a tus espaldas.”

**

Junto a este pesimismo mío, había algo más: un deseo latente de asimilación; un instinto involuntario que me empujaba a comportarme según las reglas para ganarme el afecto y la aprobación de los demás. Pensando cuidadosamente en los primeros años desde que acepté ser gay, me doy cuenta de que todavía sentía una mezcla de vergüenza y deficiencia como resultado de ello. Yo era como alguien que había aceptado una discapacidad y comenzando a trabajar duro para disminuir su carga sobre la vida diaria. No era capaz de ser heterosexual, así que quería ser lo más cercano: un hombre gay cuya homosexualidad fuera casi imperceptible para la sociedad heterosexual;

un hombre gay que no irrita a la sociedad heterosexual hablando de su homosexualidad; un hombre gay que no convierte su homosexualidad en una “causa” sino que, por el contrario, intenta demostrar a la sociedad que es bueno “a pesar de” su homosexualidad.

En el centro de todo esto está la cuestión de la masculinidad. Había pasado toda una vida tratando de escapar de mi fracaso en la realización de mi masculinidad social, y no me di cuenta de que en realidad había tenido éxito, excepto, irónicamente, en lo que respecta a la aceptación de mi sexualidad. En los bares de Beirut, en las fiestas de Damasco y en las aplicaciones de citas que desde entonces se han vuelto muy populares, los hombres ferozmente apegados a su “masculinidad” me leían como uno de ellos, y descubrí con alegría y una especie de orgullo vano que era categorizado como un hombre “masculino” de acuerdo con las numerosas divisiones y “campos” del mundo gay. No muchos homófobos ignorantes podrían entender esto, porque su concepción del hombre gay es la de alguien “afeminado” por definición. La realidad es que hay un gran número de gays de los que se podría decir en un contexto u otro que “no parecen gays”, lo que es un atributo que muchos de ellos acogen con satisfacción. “Masculino”, ” vida hetero”, “macho”, “discreto”, “no se le nota”: estos son términos utilizados por muchos hombres homosexuales como descriptores positivos que emulan y buscan en sus parejas. Tal vez se vean impulsados a ello por una combinación de factores: una preferencia social creada por la historia que vincula la belleza y el atractivo del hombre a la “fuerza” y a la “virilidad”; profundos moretones psicológicos que se transmiten desde la infancia y la adolescencia y que les incitan a concentrarse, incluso a obsesionarse con su hombría; o un claro esfuerzo pragmático para evitar incurrir en el enojo y la persecución de la sociedad. No lo sé del todo; sólo tengo mis impresiones personales. Sin embargo, lo cierto es que esta combinación reproduce la dicotomía de poder masculino-femenino dentro de la misma comunidad LGBTQ, creando para muchos miembros que se clasifican a sí mismos como “varoniles” algo que varía entre incomodidad, frialdad, indiferencia, superioridad e incluso intolerancia abierta hacia aquellos de su propia clase a los que ellos consideran como “afeminados”, ” mariquitas”, “nenazas ” o sencillamente, “mujeres”. Y en lugar de unirse a una lucha abiertamente declarada que los coloca en el mismo campo que esas personas, muchos de estos vanagloriosos hombres “varoniles” piensan que pueden evitar la persecución con un estilo de vida estereotipado y, en algunos casos extremos, pueden creer que el problema no estriba en la sociedad hetero, sino en las “maricas” que le dan mala fama a la comunidad gay y por lo tanto obstruyen la aceptación de la misma por parte de los heterosexuales.

Nunca adopté conscientemente tales opiniones, y sin embargo estaba profundamente apegado a mi masculinidad y prefería mantenerme alejado de cualquiera que pudiera llamar la atención. Cuando lo pienso honestamente, veo que había un elemento de disimulo (4) en esta postura, y un cierto tipo de… colaboración.

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No era consciente de mi pesimismo, ni de mi inclinación asimilacionista, durante los años de su completa hegemonía sobre mí; fue sólo después, al mirar atrás. Sin embargo, era plenamente consciente de una tercera lógica que me impulsaba y que también me alejaba del interés por la homosexualidad y de la realidad de las personas LGBTQ como causa social y política. Llamémoslo la lógica del “aplazamiento en nombre de las prioridades”. Desde mis primeras visitas a los bares de Beirut y sus mundos “alternativos”, conocí a un grupo específico de homosexuales: jóvenes valientes, hombres y mujeres que se expresaban abiertamente ante todo el mundo y que participaban activamente en asociaciones y manifestaciones que llamaban la atención sobre la causa de la libertad y la igualdad desde el punto de vista del género, la sexualidad y la identidad. Me asombraban y, al mismo tiempo, no estaba convencido de la prioridad de su lucha en nuestro contexto árabe. Yo les preguntaba, mitad en broma y mitad en serio, sobre el sentido de alguien que lucha por los derechos de los homosexuales en una región sin derechos para nadie; ni mujeres, ni hombres heterosexuales; ¡ni las minorías ni las mayorías! ¿No era más lógico que lucháramos por los derechos de todos los seres humanos y pospusiéramos la batalla sexual para una etapa posterior? ¿Acaso la lucha queer no logró sus victorias más importantes en países donde la democracia, el estado de derecho y el lenguaje de los derechos civiles y políticos ya estaban firmemente arraigados? ¿No era preferible, entonces, centrar nuestros esfuerzos en alcanzar esos logros generales antes de embarcarnos en una lucha específica y fraccional en la que casi no teníamos aliados?

Cuando pienso en la gente LGBTQ en Siria y la región en ese momento, sólo pienso en gente similar a mí y a mis conocidos: hombres y mujeres jóvenes, urbanos, con educación universitaria, que hablan algo de inglés, y que están familiarizados con la cultura internacional en términos de películas, programas de televisión y música. Los jóvenes “globalizados”, es decir, capaces de interactuar e inspirarse en las historias de la lucha global por los derechos de los homosexuales, pues eran, de todos modos, víctimas de la misma cultura sexual “victoriana”, contra la que se situaba esa lucha. Era consciente, por supuesto, de que la homosexualidad como orientación y práctica había existido en todas partes fuera de este segmento social, entre mujeres y hombres, pobres y menos pobres, en los barrios antiguos de Damasco y Alepo, así como en el resto de las ciudades, regiones y pueblos. Pero siempre me preguntaba si a las personas que practicaban la homosexualidad en esos mundos les preocupaban sus “derechos” como LGBTQ, o si se definían como tales, o si conocían la palabra mithlī en absoluto. Estaba convencido de que hablar de los derechos de los homosexuales era algo profundamente elitista, que no preocupaba ni siquiera a los homosexuales entre la “gente común”. Esto reforzó mi creencia de que destacar el tema no sólo era prematuro, sino que incluso podía perjudicar a la población gay en general, al llamar la atención de las fuerzas conservadoras que, de otro modo, seguirían sin prestarles atención.

Esa era mi convicción, hasta hace muy poco.

Esas ideas e inclinaciones nunca me abandonaron por completo, sino que permanecieron de una forma u otra en mi interior, luchando contra mí mientras luchaba contra ellas, escabulléndose subrepticiamente en una palabra pasajera o en una acción rápida o una respuesta involuntaria, entablando un diálogo calmado y obstinado conmigo en los momentos de calma.

Todavía hay un núcleo sólido de pesimismo dentro de mí, o más concretamente de cautela instintiva. Todavía me siento incómodo, a pesar de mí mismo, cuando estoy en algún lugar público con un grupo de hombres gays “a los que se les nota”, y me molesto -otra vez, a pesar de mí mismo- si escucho una grabación de mi voz y no me parece lo suficientemente ronca o “varonil”. Mi cautela se mezcla con mi tendencia asimilacionista de tal manera que a menudo no puedo distinguirlas. Oigo hablar de pasos positivos hacia la libertad, la dignidad y la igualdad para mis contrapartes en otras partes del mundo sin permitirme sentir mucho consuelo, siempre consciente de cómo los gays en Alemania en la década de 1920 tenían asociaciones, bares y un gran grado de libertad y capacidad para salir en público, y sin embargo, fueron conducidos a las cámaras de gas sólo unos pocos años después. Conozco a un nuevo hombre heterosexual y automáticamente asumo que es una fuente potencial de daño; al tratar de protegerme, me aferro a mi masculinidad y actúo de acuerdo con “las reglas”. Me encuentro con algunos amigos activistas y sostengo que la causa gay no debe separarse de las causas de la humanidad en su conjunto, y me pregunto con persistencia (y quizás también con molestia) si su discurso emancipatorio trata de abogar plenamente por la realidad de todos aquellos a los que presumen de representar.

Y sin embargo, a pesar de todo eso, he cambiado. Me cambió ese terremoto humano que golpeó a Siria en 2011, cuando las barreras de mi pequeño mundo se rompieron y fui empujado paso a paso hacia mundos nuevos y diferentes. Descubrí, en primer lugar, a los heterosexuales sirios que entendían la verdad del problema LGBTQ, y que defendían esa verdad frente a todo el mundo. En la mayoría de los casos eran nobles mujeres activistas, pero también los había hombres que se rebelaban contra la masculinidad represiva. Seguía algunas de sus discusiones y sentía que crecía en mí un optimismo sorprendente, parecido al optimismo general que acompañaba a las manifestaciones en Siria. Comprendí entonces que el pesimismo de los subyugados se convierte, a partir de cierto punto, en un arma letal en manos del subyugador. Me di cuenta de que teníamos aliados dispuestos a alzar la voz en nuestra defensa, y me sentí avergonzado al comparar mi precaución y silencio con su fuerte audacia.

Después de eso, sin premeditación, empecé a conocer otro tipo de personas sirias: Zaki, Khaled, Muhammad, Wissam, Abdallah, Nuha, Hanan, Lina, y muchas otras. Ahora me pregunto si es correcto describirlos como LGBTQ. En efecto lo eran, pero como todos los demás humanos, también eran muchas otras cosas además de su sexualidad. Eran personas de diferentes orígenes y circunstancias, dispersas por todas partes: en Homs, en al-Ghouta, en al-Yarmouk, en Raqqqa, en Alepo, y entre los millones de refugiados y exiliados en el Líbano, Turquía y Europa. Conocí a la mayoría de ellos a través de un vínculo que no tenía nada que ver con nuestra sexualidad compartida: nuestro apoyo unánime a la revolución y nuestra participación, de una forma u otra, en sus luchas. Sólo después de eso, como al descifrar lentamente y con gran precisión un código secreto, descubrimos ese último denominador común compartido entre nosotros. Entre ellos había personas valientes y abiertamente homosexuales frente a un círculo relativamente amplio de personas, y personas cautelosas que se conformaban con ser ellas mismas en un pequeño espacio, pero todas ellas eran plenamente conscientes de sus diferencias, se reconciliaban con ellas y se preocupaban por defender su derecho a la existencia. A diferencia de los que conocí en los bares de Beirut, la mayoría de ellos estaban inmersos en sus localidades, y en los problemas de sus regiones, vecindarios y pueblos, hablando de sus sueños y aventuras y relaciones en dialectos puramente coloquiales. Como resultado, no les preocupaban mucho las preguntas sobre el grado de legitimidad o “representatividad” de su deseo como gays por la libertad, la dignidad y la igualdad; para ellos, no se trataba de una cuestión teórica compleja, sino más bien de mero sentido común. En otras palabras, eran locales en su enfoque y universales en sus aspiraciones, sin abstracciones ni afectaciones, y sin sentir la necesidad de explicar el tema, o de considerarlo espinoso, ni cualquier otra cosa más que algo obvio.

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Viví mi infancia con un sentimiento de completa soledad que no tenía siquiera el privilegio de comprender. Sólo cuando conocí a esos jóvenes, empecé a sentir, por primera vez, que no estaba solo. Comencé a interesarme por los temas LGBTQ principalmente por amor hacia esos amigos.

Comencé a interesarme por los temas LGBTQ principalmente por amor a esos amigos. Con ellos creé un vínculo construido sobre nuestras revelaciones compartidas; sobre el terror existencial que nos había acompañado durante tanto tiempo; sobre los latigazos de la infancia y la adolescencia que nos dejaron heridas punzantes y profundos hematomas en la piel; sobre el descubrimiento de que los más queridos son capaces de transformarse en los hombres más crueles y abusivos. Y cuando mi amistad con algunos de ellos se trasladó del mundo virtual al mundo real, en Beirut y luego a Turquía, seguida de Alemania, mi círculo de conocidos se amplió a través de ellos para incorporar a personas que, de haberlas conocido antes, habría retrocedido y huido de inmediato debido a que eran “estereotipadamente” homosexuales. Me di cuenta de que estas personas eran las más fuertes y valientes de entre todos nosotros; comprendí el significado de que una de ellas vivía en riesgo de muerte, o de agresión, o de arresto, o de humillación sólo por salir a la calle; vi cómo luchaban contra todos estos peligros y, en muchos casos, los convertían en un inagotable manantial de burla – de burla hacia la vida, la autoridad, hacia los del ceño fruncido devotos de austeras religiosidades; también se burlaban de sí mismos-y sentí envidia al descubrir que ellos, a diferencia de mí, no habían destruido febrilmente sus naturalezas inconscientes desde la infancia, y por lo tanto eran capaces en un mismo momento de ser libres, y olvidar…. ¡y de bailar!

Al final, decidí escribir este texto como un mensaje para aquellos amigos, en primer lugar, así como para otros miembros de la comunidad LGBTQ que pudieran leerlo en nuestra alegre región árabe. Llegué a comprender plenamente cómo la revelación mutua, tanto entre amigos como entre extraños, genera un asombroso poder de constancia y continuidad. Quería hablar del insecto monstruoso que había dentro de mí para, al hacerlo, ayudar a otra persona a superar su soledad, o el miedo, o el odio hacia sí misma, o la obsesión con la masculinidad, o el deseo de tomar somníferos para acabar con su vida. No somos insectos, no somos demonios. No estamos enfermos, no somos violadores de niños. Tampoco somos agentes de Occidente, ni del sionismo, ni de la masonería, ni de los duendes azules. Si Dios existe, Él es sin duda el que nos creó de esta manera; prescindamos de todas y cada una de las doctrinas que dicen lo contrario. Si Él no existe, entonces en cualquier caso no dañamos a nadie por nuestros actos consensuados. Cuando somos asesinados en la calle, o arrojados desde altos edificios, o arrestados con nuestros cuerpos violentados en las estaciones de policía, no decimos: “Pero somos humanos a pesar de nuestra sexualidad”, sino más bien: “Sí, somos homosexuales, y tenemos nuestros derechos”. Y cuando luchamos por permanecer como y donde estamos, luchamos por necesidad por el bien de todas las prioridades generales; por la libertad, la justicia y los derechos humanos como un todo; porque aquellos que nos violan legitiman la violación per se a través de nosotros, practicando sobre nosotros antes de atacar a otros. Quería escribir todo esto no para persuadir a los imbéciles y brutos que nos odian -de ellos no espero más que un torrente de invectivas y excomuniones y proscripciones religiosas-, sino para hablar con ello y a través de ello con los de mi propia especie.

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Habiendo divulgado los detalles más privados de mi vida, y llegado al final de este largo ensayo, sólo me queda confesar que mi nombre no es Raif, ni mi apellido al-Chalabi. Tengo un padre que ve el mundo a la luz de mis ojos, que hoy está en la cúspide de los 80 años. Cada vez que me acordaba de él mientras escribía esto, sentía colmillos y garras emergiendo de la mesa y de la silla, hundiéndose en mi corazón y en mi interior. No romperé el corazón de mi padre, que dedicó su vida a la causa de mi felicidad. No le informaré de mi verdad ni arriesgaré su salud, su amor y su orgullo por mí. Lloraré el día que muera con el doble de angustia; la angustia de perderlo, y la angustia de su larga ignorancia sobre la historia más importante de mi vida; pero no correré el riesgo de verlo quebrantado y aturdido por la tristeza, o enfurecido por la cruel y tiránica rabia. Con él y sólo por él conviviré con esa extraña mezcla de secreto y deshonestidad que los árabes de antaño llamaban taqiyya. Pero después de él, y con todos los demás, no hay alternativa para mí a la verdad. No hay alternativa para ninguno de nosotros.

(4) Taqiyya en árabe, término islámico que se refiere a la práctica histórica de algunas minorías religiosas -en gran parte, aunque no exclusivamente, asociadas con los musulmanes chiítas- de disfrazar sus convicciones teológicas para evitar la persecución.

Anexo de la redacción: contexto legal y represivo

Por su componente de relato íntimo y personal, el autor obvia algunas informaciones que la persona espectadora de fuera de Siria sería conveniente que conociera sobre la situación de los derechos LGTBIQ+ en Siria antes de la guerra.

Así, es fundamental tener conocimiento de que en 1949 se redactó el Código Penal actualmente vigente en Siria, cuyo artículo 520 penaliza «cualquier acto sexual contra natura» con hasta 3 años de prisión.

Esta información se puede contrastar en las siguientes publicaciones

En árabe:
Código Penal de Siria. 1949.

En castellano:
Homofobia de Estado. Estudio jurídico mundial sobre la orientación sexual en el derecho: criminalización, protección y reconocimiento.
ILGA. Mayo 2017.

«AWASUR ( Alliance for Writing and Advocating Syrian UPRUniversal Periodic ReviewReport , remisión conjunta no. 12) señaló que “las personas identificadas como LGBT son perseguidas y estigmatizadas social y legalmente, se les niega la igualdad de oportunidades de educación y trabajo a través de la denegación de empleo en los servicios públicos y en ocasiones en establecimientos privados. También son perseguidas por las autoridades mediante persecución y detenciones; muchos hombres han sido golpeados, torturados y violados en los puntos de control —individualmente y en grupos— debido a su orientación sexual”.

Hasta la fecha (marzo de 2017), en su diálogo interactivo preliminar, la delegación siria no mencionó los múltiples ataquesy persecuciones por parte de personas individuales y por agentes estatales contra las minorías sexuales o de género en sus respuestas.»

Un artículo interesante sobre el contexto en 2011 cuya lectura sugerimos es:

http://web.archive.org/web/20120309150304/http://www.gaymiddleeast.com/news/news%20324.htm.

En él podemos leer (traducción debajo de la captura de pantalla del caché de internet de la desaparecida página
www.gaymiddleeast.com ):

«Ha sido muy peligroso realizar cualquier tipo de reunión en Siria desde que saltó la chispa de las protestas del pasado mes de marzo (de 2011, nota de la redacción). Los gays sirios habían evitado los «cruising» (nota de la redacción: quedadas o encuentros buscados de caracter sexual con desconocidos) y las reuniones durante unas semanas antes de que empezaran a ser más conscientes de los mejores sitios y momentos para tales acciones.

Hasta hace poco, la mayoría de las personas LGBT trataban de evitar declarar sus opiniones políticas hasta que las protestas comenzaron a acercarse a sus áreas. Se dieron cuenta de lo que sucedía y comenzaron a expresar sus opiniones. Sin embargo, las personas LGBT que están a favor del régimen, por muy pocas que sean, siempre han expresado sus opiniones. Por supuesto, también han estado tratando de imponérselas a otros.

Uno de los parientes de Asad es un conocido gay en Damasco. La mayoría de la gente trató de evitarlo al comienzo de las protestas, mientras que algunos trataron de hacerse amigos de él. Recientemente, sus nuevos amigos han estado amenazando a los homosexuales antirégimen con descubrilos ante las autoridades y entregar sus nombres a la policía secreta.»

Recomendamos igualmente búsquedas en la «WayBack Machine» de «Internet Archive» de otros artículos sobre la situación en Siria antes del 2012 del desaparecido sitio web www.gaymiddleeast.com (que iremos extractando al castellano en futuras actualizaciones de este anexo) simplemente clicando sobre las fechas del año 2011 remarcadas en el calendario que aparece aquí:

http://web.archive.org/web/20110101000000*/www.gaymiddleeast.com


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